sábado, 12 de enero de 2013

"Homenaje a Hugo Ángel Jaramillo"

Por EDUARDO LÓPEZ JARAMILLO

En el imaginario panteón de los pereiranos, fulguran varios nombres que forman parte de nuestra memoria por muchas entrañables razones.  Algunos corresponden a los fundadores y pioneros, quienes manifestaron la tenacidad de levantar sus moradas en medio de una naturaleza exuberante, a orillas del río tutelar e inmersos en dificultades.  La mayoría de los nombres en ese firmamento corresponden a forjadores de riquezas materiales o de progreso.  Sin que olvidemos a quienes fueron gestores de civismo y maestros de civilización, pues dulcificaron las costumbres más rudas, sembrando en los espíritus semillas de convivencia.  La luz estelar de estos pereiranos ilustres es la de sus propias virtudes: llámense ambición, trabajo, superación personal, inteligencia o conocimientos.  Todos comparten el mérito de haber luchado para engrandecer la ciudad, entregando sin egoísmo el legado de sus creaciones -razón que hoy los hace dignos de ser recordados.  Pero solamente tres de esas luminarias encienden sus nombres con los fulgores de la literatura: el poeta Luis Carlos González, el novelista Benjamín Baena Hoyos y el ensayista Hugo Ángel Jaramillo.

Siempre han existido poetas en nuestro medio.  Algunos de ellos fueron hombres de cultura superior.  Sin embargo, el laurel de la poesía estará siempre presidido por Luis Carlos González.  Es el poeta de todos y su obra está amorosamente unida a la historia de Pereira.  En alas de la canción, sus poemas han traspasado las fronteras, haciendo resonar el nombre de nuestro solar en incontables latitudes.  En la poesía del Maestro está viva la historia de una aldea que se convirtió en ciudad y que interpretó sus bambucos henchidos de amor y de paisajes, compuestos con discreta ironía, como preguntando en voz baja quién escribe los versos. Si algo despertó la admiración de sus contemporáneos fue su facilidad para entonar, siempre inspiradamente, la música de las palabras.  Pereira tendrá en adelante otros poetas -más profundos, de más rica espiritualidad-, pero ninguno como Luis Carlos González volverá a ser reverenciado en calidad de genio del lugar.  No es poca la gloria para un escritor cuando pensamos que la inmortalidad consiste en no ser olvidados por quienes nos aman.

"El río corre hacia atrás" sigue siendo hasta el presente la mejor obra narrativa escrita por un pereirano.  Benjamín Baena Hoyos, su autor, fue también poeta de noble y refinada inspiración, con acendrado dominio de las formas métricas.  Pero la cúspide de su trabajo creador es esta novela, que trabajó durante años, en cuyas páginas cuenta una historia de contenido social.  Saga de tiempos colonizadores, cuando se trabajaba desde el amanecer descuajando montañas, abriendo caminos y sembrando bondades, para después encender modestos fuegos al amparo del crepúsculo, en chispeante conversación con los luceros que empezaban a encenderse en el cielo.  Una enamorada descripción de nuestra geografía, expresada en bellas y claras metáforas, vuelve significativas las hazañas de sus personajes y parece compensarlos por sus muchos pesares.  Así como la poesía de Luis Carlos González encuentra resonancias en las del cartagenero Luis Carlos López o del mexicano López Velarde, la novela de Benjamín Baena Hoyos pertenece a la mejor escuela narrativa del Gran Caldas, para la cual escribió en amistosa emulación con Adel López Gómez en Manizales o Humberto Jaramillo Ángel en tierras del Quindío.  Debido a su misma condición de escritores, el poeta y el novelista pereiranos encarnaron en su época una dimensión intelectual y ejercieron entre nosotros la crítica, que Luis Carlos manifestó con benigna ironía frente a la ingenuidad de la aldea y el doctor Baena Hoyos con telúrico clamor de justicia social.

Después del canto y el cuento, es propio del espíritu que florezca el pensamiento.  Nos parece que Hugo Ángel Jaramillo representa en esta trilogía de maestros, la aparición de un intelectual de extraordinario valor, que dejó testimonio de sus exploraciones en distintos campos del conocimiento, abriendo inéditas posibilidades para nuestro saber y enriqueciendo el concepto mismo de pereirano con una mayor universalidad. A él le debemos nuestra conciencia comunitaria, la explicación histórica de nuestro devenir y hasta la fascinación por explorar las raíces de América, como quien consulta oráculos para el futuro.  Numerosos fueron los temas de alta cultura que desvelaron a este pensador -apasionadamente inmerso en el acontecer ciudadano como un faro brillante-, pero sus desvelos tuvieron como propósitos elevar las mentes y proponer una comprensión más amplia de nuestra realidad.  Está muy cercano el momento de su humana pérdida, para que estas palabras no estén todavía preñadas de emoción. Mas no creemos equivocarnos al interpretarla como una emoción colectiva, cuando consideramos que su muerte se llevo parte de nosotros mismos y que la ciudad resulta hoy empequeñecida, tan sólo porque no alienta entre sus calles este hombre de bien.

La pobreza material y el sufrimiento fueron las hadas dolientes que acompañaron su primera infancia, pero aún en medio de las vicisitudes de aquellos tiempos difíciles, su espíritu de niño atendió los murmullos de su propio destino y comprendió que la lucha por la superación personal era razón suficiente para vivir y engrandecerse. Cuando tuvo que abandonar la escuela primaria, ocupándose de menudos trabajos para contribuir a la manutención de los suyos, doña Amelia, su dulce progenitora, le enseñó que con la lectura aseguraría para siempre los beneficios que pudiera negarle la educación escolar.  A falta de novelas de aventuras o de las animadas ficciones que alimentan los espíritus párvulos, Hugo empezó leyendo en la sabiduría de los clásicos, las lecciones que toda su vida convirtió en ejemplo.  Las "Vidas" de Plutarco, los diálogos platónicos sobre la amistad, la estética o el pensamiento, las disquisiciones filosóficas de Voltaire, fueron esas primeras lecturas, permanentes, con las cuales cimentó en su alma los entusiasmos de la libertad. Cuando contaba apenas diez años, en esta misma plaza, en medio de una multitud magnetizada por el verbo de Jorge Eliécer Gaitán, Hugo Ángel Jaramillo agitó jubiloso una roja bandera, entre cuyos pliegues podía desaparecer muchas veces su cuerpecito infantil.  Quien desee entender al hombre y al intelectual que aquí honramos, no debe pasar por alto la sencillez de esta anécdota.

Hugo Ángel Jaramillo


Como aconteció con Lisias o Cármides, los armoniosos jóvenes de Platón, Hugo dedicó también en su adolescencia y su primera juventud, muchas horas al cultivo del cuerpo en palestras y estudios, hasta convertirse en atleta destacado y dirigente deportivo del Gran Caldas. Fruto de esa práctica estudiosa son los significativos volúmenes que consagró al deporte, con sus diversas disciplinas y manifestaciones. Temas como los juegos de Olimpia, la cronología de sus vencedores, la descripción de todas las contiendas deportivas conocidas, los aspectos médicos y psicológicos del deporte, sus repercusiones a nivel social o cultural, fueron abordados por este escritor con lujo de información y competencia.

Dos de esos libros merecen una mención especial.  El primero, "El deporte en la Antigüedad Clásica" por su honrada comprensión del fenómeno agonal entre griegos y romanos, tan diferente de lo que puede ser la práctica deportiva de hoy, cuando esa actividad se reparte por igual entre empresarios, publicistas y medios de comunicación.  El segundo se titula "El deporte indígena de América" y es uno de los libros más hermosos que se hayan publicado entre nosotros, por la difícil investigación que presupone y los maravillosos hallazgos que entrega en sus páginas.  Los juegos y contiendas deportivas de nuestros antepasados, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego -cuando ninguna carabela osaba navegar sobre el Océano tenebroso que sepultó a la Atlántida-, traen hasta nuestra imaginación una historia remota, como nunca hubiéramos podido imaginar, minuciosa en sus descripciones y detalles, entrañablemente conmovedora, acerca de esta presentida grandeza que llamamos América.

Y al pronunciar este nombre continental, entramos de lleno en el ámbito de Hugo Ángel Jaramillo, así como en las dimensiones más definidas de su espíritu.  Nadie entre nosotros, por estas latitudes, pudo rivalizar con el en conocimientos sobre América, sobre sus etnias y sus hombres, su pasado fabuloso y su contradictorio presente, sus escritores y poetas, los aires de sus músicas folklóricas, la razón de sus símbolos y la sinrazón de sus defectos.  América fue para Hugo Ángel Jaramillo el espacio mental sobre el cual sobrevoló, poderoso y agitado, su pensamiento.

Por eso sus palabras fueron escuchadas con respeto, donde quiera que el tema de América se impuso a la comprensión de los hombres.  En Ciudad de México o en Viena, ante exigentes auditorios, pronunció este escritor palabras de amor o de befa, cuando se debatía sobre la expoliación o el futuro de nuestro continente.  Obras tan importantes como "Los falsos apóstoles de América", o especialmente la intitulada "El encubrimiento de América", son aportes de valor inestimable para la cabal comprensión de la realidad americana, tan contradictoria y apasionante a un tiempo, tan pródiga de sus luces ancestrales y tan oscurecida por la interpretación europea.  Estos libros hacen de Hugo Ángel Jaramillo un escritor de dimensiones continentales, puesto que de su lectura podemos aprender todos los habitantes de América.  Y las lecciones que de ellos atesoramos, conservan el sello indeleble y escaso de la auténtica dignidad.

            Pero también fue Hugo Ángel Jaramillo un escritor vernáculo, humanamente enraizado en su terruño natal, cuyos aconteceres conoció como pocos y para cuya celebración escribió cuatro volúmenes de historia.  En ellos se refirió a la etnia Quimbaya y recogió todos los documentos que pudo reunir sobre esta villa, sintetizando metódicamente cuanto trascendiera la simple anécdota: desde los cronistas hispánicos y las páginas memoriosas de nuestros primeros historiadores, hasta los anales de la Sociedad de Mejoras.  Su búsqueda tuvo una motivación: descubrir las razones de nuestra personalidad más secreta.  Y entonces reveló que el doctor José Francisco Pereira Martínez fue también un intelectual, que cuantos le acompañaron en la labor fundacional atesoraban en sus almas la luz de la libertad, que aquí se cultivaron tempranamente las semillas del pensamiento laico y el sindicalismo radical.  Más aún, consideró la libertad de costumbres que nos caracteriza como un fruto admirable de la tolerancia, sin la cual es perverso construir relaciones humanas.  Y fustigó muchas veces la envidia, esa cizaña que no debe crecer entre los pereiranos.  En sus últimos años, en plena madurez intelectual y humana, Hugo Ángel Jaramillo se convirtió en la conciencia viva de la ciudad, compartiendo ese honor solamente con nuestro poeta, don Luis Carlos González.  Singular destino el de nuestra Pereira apenas adolescente, que ya encontró el cantor de sus afectos más hondos y el historiador que supo revelar los perfiles de su futura identidad.

(Palabras pronunciadas por el autor en la Plaza de Bolívar de Pereira, el 3 de junio de 1999, en ocasión del homenaje que tributó a la Memoria del Escritor Hugo Ángel Jaramillo la Alcaldía de Pereira)

viernes, 4 de enero de 2013

Algunos escritores pereiranos del siglo XX


·         Los primeros talentos
o   Aníbal Arcila
o   Julio Cano Montoya
o   Manuel Felipe Calle
o   Carlos Echeverry Uribe
o   Eduardo Martínez Villegas

Aníbal Arcila



·         La ciudad esfuerzo
o   Alfonso Mejía Robledo
o   Lisímaco Salazar
o   Ricardo Sánchez Arenas
o   Jesús Duque H.

Jesús Duque H.



·         Años 40-50
o   Benjamín Baena Hoyos
o   Luis Carlos González
o   Euclides Jaramillo Arango
o   Bernardo Trejos Arcila


·         Años 60
o   Nelson Osorio Marín
o   Dukardo Hinestroza
o   Luis Fernando Mejía Mejía
o   Hugo Ángel Jaramillo
o   Alba Lucía Ángel
o   Silvio Girón Gaviria
o   Miguel Álvarez de los Ríos


·         Años 70 y 80
o   Héctor Escobar Gutiérrez
o   Julián Serna Arango
o   Nelly Arias de Ossa
o   Alfonso Marín Hernández
o   Liliana Herrera
o   Eduardo López Jaramillo
o   Hugo López Martínez
o   Cecilia Caicedo Jurado
o   Fernando Romero Loaiza
o   Víctor Zuluaga
o   Jaime Valencia Villa


·         Años 90
o   Rigoberto Gil Montoya
o   Gustavo Colorado Grisales
o   Edison Marulanda Peña
o   Alberto Verón Ospina
o   Luis Jairo Henao Betancur
o   Julián Chica Cardona
o   Carlos Alberto Jiménez
o   César Valencia Solanilla
o   Susana Henao Montoya
o   Ana María Jaramillo
o   Leonardo Fabio Marín
o   Uriel Hincapié Montoya


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Una entrevista a Rigoberto Gil Montoya


Por su pertinencia, y por tratar un tema directamente relacionado el desarrollo cultural de la ciudad, reproducimos a continuación apartes de la entrevista que el investigador le hizo al ensayista, novelista y profesor universitario Rigoberto Gil Montoya, especialista en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Caldas, Magíster en Comunicación Educativa de la Universidad Tecnológica de Pereira, y Doctor en Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre sus libros se destacan El Laberinto de las Secretas Angustias (Novela, 1992), La Urbanidad de las especies (Cuentos, 1996), Perros de paja (Novela, 2000), Plop, (Novela, 2004) Pereira: frontera y cruce de caminos (2000), Nido de cóndores: aspectos de la vida cotidiana de Pereira en los años veinte (Ensayo histórico, 2002), Pereira: visión caleidoscópica (Ensayo, 2002), y Guía del paseante (Ensayo, 2005)


MAURICIO RAMÍREZ - ¿Cuál cree usted que es el rasgo diferencial de la literatura hecha en Pereira?

RIGOBERTO GIL - La verdad, no creo que nuestra literatura tenga algún rasgo diferencial, o algo que pudiera hacerla distinta, digamos, de la que se hace en Armenia o en Medellín.  Los lugares no son los que determinan las diferencias en asuntos literarios.  Lo diferencial lo marca en sí mismo cada autor y claro, la provincia, el ambiente, quizá las perspectivas, limitadas o ambiciosas, de los escritores y artistas que habitan entre nosotros.

Ahora bien, no es lo mismo publicar una obra que esté al cuidado de una editorial, que publicar la obra en una tipografía o en un taller de artes gráficas, como suele suceder en nuestra ciudad.  Pereira no cuenta con editores ni mucho menos con editoriales, tal vez porque tampoco hay un público cautivo, por no decir educado.  De cualquier modo, hay remedos y personas que por más que imprimen libros, no han comprendido lo que el libro significa en materia cultural.  Seguro son malos lectores.  Las dos o tres personas que hoy saben de asuntos editoriales en nuestra ciudad, hacen su trabajo desde una sensibilidad personal, pero no porque provengan de alguna escuela.  


MAURICIO RAMÍREZ - ¿A qué atribuye usted que los escritores pereiranos no ocupen un lugar indiscutible en los manuales, estudios, compendios, antologías e historias de la literatura en Colombia?

RIGOBERTO GIL - Esta pregunta me parece problemática y creo que la responderé de varias maneras. Lo primero que hay que decir es que los estudios, compendios y antologías suelen ser caprichosos y obedecen en gran medida a los gustos o a las exigencias de quienes los emprenden.  Ahí está el ambicioso trabajo de antología de la poesía colombiana del poeta Rogelio Echavarría, publicado por el Ministerio de Cultura. Por motivos que desconozco olvidó que existían los poetas de Risaralda. Y el departamento está en el mapa de Colombia. Eso sí, para el antioqueño en esa antología, hay muchos poetas antioqueños, incluso de Titiribí y Cañas Gordas.

Así que eso ya es problemático, porque no todo lo que se publica en el país cabría en el gusto del antólogo, ni en sus exigencias previas, muchas de las cuales las imponen las casas editoriales.  El caso del amplio trabajo emprendido por Luz Mary Giraldo es sintomático de esa conducta. Y eso que ella es del Tolima.

Lo segundo es que nuestras obras han tenido poca circulación fuera de la localidad y eso hace más difícil que se difunda y conozca.  Pero esto tampoco sería óbice para que no aparecieran en antologías o compendios, porque el estudioso –si es serio y riguroso– sabe que existen las bibliotecas y las obras están allí; sólo que tendría que emprender el arduo trabajo del rastreo y no por mera réplica de un mercado que distribuye sólo unos nombres, muchos de los cuales están ligados a los medios.  El estudioso no tiene por qué supeditarse al ruido del mercado, así que vuelvo al primer punto.

Lo tercero, es que nuestro país sigue siendo centralista (es como si siguiéramos en la época de los amigos de García Márquez, los de la Cueva de Barranquilla a comienzos de los cincuenta, cuando ellos se quejaban del centralismo bogotano).  Parece ser que lo que no se publique en Bogotá, o no pase por los auditorios de la Luis Ángel Arango (no basta que sea su sede de Pereira) y del Complejo GGM del Fondo de Cultura Económica, de inmediato se torna provinciano, de poca monta, y por lo tanto deleznable.  Eso sí, como los compendios, las antologías y los manuales son en general producto de procesos académicos serios, la visibilización de los autores de las regiones colombianas es cada día mayor.

Rigoberto Gil Montoya



MAURICIO RAMÍREZ GÓMEZ - ¿Cómo justificaría usted o NO la existencia de una literatura pereirana?

RIGOBERTO GIL MONTOYA - No creo que exista una literatura pereirana, como no creo que exista una literatura bogotana. Lo accidental, como el lugar donde se escribe, no necesariamente le agrega a la obra algún valor.  Si se insiste en esa clasificación será más por el interés académico de dar límite a una muestra, que por intentar reconocer unos rasgos comunes.  ¿Qué tienen en común La casa de vecindad de Osorio Lizarazo y Opio en las nubes de Chaparro Madiedo?  Nada tienen en común, salvo que ambas fueron escritas por dos narradores bogotanos y publicadas en Bogotá.  Lo “pereirano” es un eslogan tan sospechoso como decir que las putas pereiranas son las mejores en las artes amatorias, sobre todo de un país en el que abundan las apariciones de las vírgenes del Jordán.


MAURICIO RAMÍREZ GÓMEZ - ¿Qué cree que hace falta para que las obras publicadas en Pereira se conozcan y se reseñen a nivel nacional?

RIGOBERTO GIL MONTOYA - Tal y como usted plantea la pregunta, faltaría un cuerpo especializado, propio de los departamentos de publicidad, que se derivaría de la existencia de editoriales. Para acceder a los medios de mayor difusión nacional, o se requieren contactos que rayen con lo afectivo (la famosa Socodemu: Sociedad Colombiana de Elogios Mutuos), o se requiere de una base financiera que permita pagar a tal o cual columnista para que reseñe tal o cual libro, independientemente de su calidad literaria. Así funcionan Alfaguara, Tusquets, etc.

Pero si usted se detiene un poco en lo que sucede hoy en el país, ni siquiera las obras premiadas merecen reseñas ni comentarios.  El libro de Germán Gaviria, Olfato de perro, uno de los últimos premios nacionales de novela –para no hablar de la novela de Adrián Pino, El juego de Archer– pasó sin ton ni son por las revistas y periódicos de mayor circulación. Pero eso hace tiempo que es así. Cuando Abad Faciolince ganó con Basura un premio internacional, no recuerdo que hubieran abundado reseñas sobre ese libro. Y agrego: a Abad se lo lee más ahora porque es columnista y tiene una fotografía permanente en un periódico de importancia, y le brilló la vida –eso sucede muy pocas veces– con la historia de su padre, que es un bello libro de carácter testimonial, no una novela.

Creo que esto me lleva a un terreno que merecería una discusión aparte: el problema de la recepción en el país, y ese problema no es de una u otra ciudad, de una u otra región. Es un problema de salud mental. Tengo para mí que la literatura cada vez importa menos a la gente. O importa cuando a los medios les favorece en sus fines económicos.  Entonces despliegan todo su aparato de coerción, en el que incluso ubican al escritor en el género que más les conviene (los testimonios se llevan los pocos lectores que hay en este país).  Creo que la literatura le preocupa sólo a unos grupos, a unas élites (entre ellas la de escritores, artistas y estudiantes).  Es difícil interesar a los grupos que hoy se educan sentimentalmente, no en las novelas, sino en los realitis.  Para ello habría que escribir como Gustavo Bolívar, formado en la escuela de Padres e Hijos y la literatura es, para fortuna de los lectores silenciosos, otra cosa.


MAURICIO RAMÍREZ GÓMEZ - ¿Cuál fue el último libro de un autor pereirano que leyó completo, y cuándo lo hizo?

RIGOBERTO GIL MONTOYA - Esa pregunta me parece oportuna para decir que estoy leyendo y releyendo la novela Rosas de Francia de Alfonso Mejía Robledo.  Mi interés es académico, pero no dejo de encontrar en esa novela, cuando la ubico en su contexto, cosas que realmente me conmueven.  Es la primera novela publicada por un pereirano.  Y no fue Mejía Robledo un pereirano común.  No sólo inaugura la novela en su pequeña ciudad, sino que también inaugura una actitud, una manera de ser y de asumirse como artista, de la manera como un Eduardo López se asumió en vida y desde allí se tornó ejemplar para los que crecimos viéndolo en ese magisterio.  Me atrevo a decir que Mejía Robledo fue el primer artista que tuvo la ciudad, si por artista se comprende al individuo que daría su vida por el arte, más allá de que su arte trascienda o, en una tabla de valores, ocupe algún lugar significativo.  Cuando leo Rosas de Francia siento que ya tenemos un lugar, mínimo o elemental, en el amplio mapa de nuestra literatura.

Plaza de Bolívar, década de 1910

domingo, 23 de diciembre de 2012

Fechas importantes para la literatura en Pereira, en el Siglo XX


1863- Fundación de Pereira, el 30 de Agosto,
1904 – Don Emiliano Botero trae a Pereira la primera imprenta
1905- EL ESFUERZO, fundado por Emiliano Botero, publica los primeros versos de Julio Cano Montoya y Manuel Felipe Calle
1908 – Nace el poeta Luis Carlos González Mejía
1909 – Roberto Cano y Eduardo Piedrahíta fundan la Imprenta Nariño
Carlos Echeverry Uribe publica su libro “Apuntes para la historia de Pereira”
1910 – Julio Rendón y Carlos Echeverry Uribe fundan el tabloide liberal LA PALABRA
1912 – Jesús Antonio Cardona funda el semanario liberal EL AGUIJÓN
1916 – Aparece EL MARTILLO, periódico de izquierda dirigido por Ignacio Torres Giraldo
1917 – Valerio Mejía funda GLÓBULO ROJO, semanario administrado por Carlos Drews Castro.  Allí publica sus primeras crónicas Luis Tejada
Julio Cano Montoya publica su libro de poesía “Brotes de rebelión y voces sumisas” (Pereira, tipografía Nariño)
1919 – Augusto Bernal y Alfredo Moreno fundan el semanario EL POEMA
Aparece la revista VARIEDADES, dirigida por Emilio Correa Uribe
1922 – Arturo Betancur funda el periódico BROTES, bajo la administración de Luis Carlos González

Plaza de Bolívar de Pereira, 1936


1926 – Alfonso Mejía Robledo publica su novela ROSAS DE FRANCIA, premiada en concurso de novelistas de habla española, celebrado en París y abierto por la Casa Edit. Franco-Iberoamericana.  El jurado del concurso estuvo conformado por Henri de Regnier, de la Academia Francesa de la Lengua, Ernesto Martinenche, profesor en la U. de La Sorbona, Manuel Ugarte, Gonzalo Zaldumbide y Ventura García Calderón, poetas y escritores
1929- Emilio Correa Uribe funda EL DIARIO, que circularía hasta 1982
1931 – El periódico LA DEFENSA, de Medellín, publica por entregas la novela ROSAS DE FRANCIA, de Alfonso Mejía Robledo.  Y ese mismo año, esta novela se publica en San José de Costa Rica
1931– El 18 de julio de 1931 se funda la Biblioteca Pública “Ramón Correa Mejía”
1936 – Se funda la revista PANORAMAS, bajo la dirección de Alfonso Mejía Robledo.
1946- Luis Carlos González publica su libro de poesía SIBATÉ (Manizales, Imprenta Departamental de Caldas)

Luis Carlos González Mejía


1948 – Se funda la “Sociedad Amigos del Arte” creada por un grupo de ciudadanos, liderado por Carlos Drews Castro
1964 – El poeta Luis Fernando Mejía Mejía publica LA RESURRECCIÓN DE LOS JUGUETES (Manizales, Imprenta Departamental de Caldas)
1970 – Alba Lucía Ángel Marulanda publica su primera novela, LOS GIRASOLES EN INVIERNO (Bogotá; Editorial Linotipia Bolívar)
1975 – Se funda el periódico LA TARDE
1979 – Se crea la Colección de libros EL SOTO Y SU DONAIRE.  En ella se publica LÓGICAS Y OTROS POEMAS, primer libro de Eduardo López Jaramillo
1980 – Se crea la Corporación Biblioteca Pública
1981 – La Corporación Biblioteca Pública edita la revista PEREIRA CULTURAL, bajo la dirección de Eduardo López Jaramillo

Eduardo López Jaramillo


1982 – Se funda EL DIARIO DEL OTÚN
1983 – La Corporación Biblioteca Pública edita el volumen 1 de la Colección de Escritores Pereiranos
1985 – La Gobernación de Risaralda crea la colección Biblioteca de Autores Risaraldenses
1987 – Germán López publica la revista MEFISTO
1994- Por iniciativa de los profesores Jorge Rodríguez Rueda, Julián Serna Arango y César Valencia Solanilla, se funda la REVISTA DE CIENCIAS HUMANAS, de la Universidad Tecnológica de Pereira
1994 - Se publica la Gaceta Risaralda Cultural, bajo la dirección de César Valencia Solanilla
1995 – Creación de la Colección del Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes de Risaralda
1999 – Giovanny Gómez Gil publica la revista de poesía LUNA DE LOCOS

martes, 18 de diciembre de 2012

Panorama de la crítica sobre literatura en Pereira en el siglo XX


Por Mauricio Ramírez Gómez

Antes de interesarse por analizar la calidad, el rigor y las características del ejercicio creativo de los autores de una ciudad, una región o un país, la crítica debe precisar las resonancias de estos autores, dentro y fuera del espacio físico del que son originarios, pues de la promoción y circulación de sus obras depende que éstas sean conocidas por la gran masa de lectores, y no solo por una “élite intelectual.  Reseñas, artículos críticos, fragmentos de obras, debates y polémicas, publicadas en periódicos y revistas, allanan el camino para que los libros lleguen a los lectores.

Es en este último sentido como se planteó la presente investigación.  Es decir como un ejercicio hemerográfico, que no por superficial deja de plantear preguntas reveladoras acerca de la producción literaria en Pereira.  En esencia se trata de verificar cómo se asume la crítica de las obras literarias en Pereira, cómo se concibe la labor del escritor, y en qué grado los autores de la comarca figuran en el panorama literario colombiano.




El asunto que llevó a formular esta pregunta fue el precario interés de los escritores e investigadores, locales y nacionales, por el estudio de los autores pereiranos, reflejado en la escasez de monografías y ensayos sobre las obras.  Y consecuentemente, el desconocimiento de esos autores y esas obras en la ciudad, y en la región.  Quizás solamente los escritores e investigadores Cecilia Caicedo Jurado y Rigoberto Gil Montoya han abordado de manera sistemática la producción literaria en Pereira, sin que se avance todavía con decisión en el camino de precisar cuáles obras literarias son las mejores por sus cualidades estéticas, y cuáles de ellas vale la pena leer, estudiar y dar a conocer profusamente, porque son referentes ineludibles de lo que ha sido la historia y el desarrollo intelectual de la ciudad.

El presente trabajo no busca tampoco esa precisión, aun cuando establece como guía la reseña de obras y autores en publicaciones locales y nacionales, lo cual si bien no es un criterio para determinar la calidad estética, permite ofrecer una nómina, un panorama de autores, para el posterior estudio concienzudo, que sugiera un canon y defina si existe o no una literatura pereirana.

Tampoco se pretendió con esta investigación indagar corrientes teóricas en relación con la crítica, pero sí ofrecer algunas claves acerca de la concepción de la literatura, así como informar sobre algunos condicionantes que deben tenerse en cuenta a la hora de abordar el estudio de la literatura en Pereira.

En el caso de Pereira, la indiferencia y no el tiempo ha actuado como juez de las producciones literarias.  Hemos tenido y tenemos periódicos que difunden la producción literaria local, pero nuestros escritores son desconocidos, tanto en el ámbito local como en el nacional.  Es decir, no son leídos.  Esto conlleva a la escasa –por no decir nula- figuración de éstos en las revistas y suplementos literarios nacionales, y en consecuencia en los compendios, estudios, manuales y antologías de literatura colombiana, entendiendo que la inclusión en publicaciones de esta índole está determinada también por los gustos estéticos, las afinidades ideológicas y el acceso a las obras por parte del “reseñista”.

En el desarrollo de esta investigación se entendió la literatura como el arte que emplea como medio de expresión una lengua, y que da origen al conjunto de las producciones literarias de una región y de una época.  Y en consecuencia, se asumió la crítica como el examen y juicio que se expresa públicamente acerca de un autor o una obra, en particular.

El núcleo de esta propuesta se centró en la revisión de periódicos y revistas, entendiendo que la punta de lanza del fenómeno editorial, y en especial de la comercialización de las obras literarias, son las publicaciones periódicas.  Sin promoción, los libros permanecen desconocidos para la gran masa de lectores, que no tiene otra alternativa que los medios de comunicación, masivos o alternativos, para enterarse sobre las novedades editoriales, sugeridas por quienes ejercen como críticos.  De nada vale un libro exhibido en una librería sin una noticia sobre su contenido, que cautive a los lectores y que lo convierta en un hecho editorial, es decir, que ponga al autor en circulación y comunicación con el público.
Glóbulo Rojo, periódico pereirano fundado en  1916

  
A finales de agosto de 1863, cuando el grupo de caucanos al mando del presbítero Remigio Antonio Cañarte arribó a Pereira proveniente de Cartago, encontraron en este territorio algunos asentamientos de personas dedicadas fundamentalmente a actividades agrícolas.  Se carecía de escuelas, así como de un centro administrativo, si bien se verifican intentos por obtener reconocimiento como centro poblado.  Las actividades intelectuales estaban lejos de ser útiles en este “combate” con el paisaje, y por tanto el entretenimiento no incluía libros ni periódicos.  Se vivía en un aislamiento, roto solamente por las noticias de los viajeros que informaban sobre las guerras y los cambios en el país y en el mundo.

La fundación de “Cartago Viejo”, el 30 de agosto de ese año, supuso la obtención del reconocimiento administrativo por parte del Estado Soberano del Cauca, y el auge del comercio.  Pereira se convirtió paulatinamente en una gran fonda que atrajo oleadas de colonizadores antioqueños, muchos de los cuales establecieron en esta villa sus bastiones para colonizar y explotar otras tierras.  El crecimiento de las rentas municipales permitió la construcción de vías, plazas, edificios y otras obras de infraestructura que hicieron más atractivo el poblado, especialmente para aquellos hombres interesados en el intercambio de mercancías con comarcas cercanas.  Con los comerciantes llegaron también los maestros, los abogados, los ingenieros, los médicos y otros profesionales, que introdujeron nuevos intereses, nuevas preocupaciones y nuevos modos de vida.  La sociedad se hizo más compleja, pero aun así prevalecían el trabajo y la fortuna como las cualidades más admirables y dignas de imitación.

“El grupo social que se formó en Pereira, como los que se formaron en la región del norte del Departamento de Caldas y en el Quindío, estuvo compuesto en sus comienzos sólo por la población de colonos que descendía de Antioquia y por el pequeño contingente que ascendía del Cauca.  Los recién llegados no encontraron población indígena ni población negra para desalojar o subordinar a sus propósitos, para explotarla como mano de obra y mirarla como grupo social inferior…

Teniendo el grupo una cierta homogeneidad racial, pues en su abrumadora mayoría estaba compuesto de colonos y mestizos, y no habiendo población negra o indígena, las primeras diferenciaciones sociales empezaron a existir sobre la base del patrimonio, del dinero.

La llegada a la ciudad de un grupo de comerciantes y profesionales, a fines de la pasada centuria (siglo XIX) y comienzos de la presente (siglo XX), introdujo la educación como un nuevo motivo de diferenciación social.

El grupo dirigente compuesto por propietarios rurales, comerciantes y profesionales venidos la mayor parte de Antioquia, tenía una dominante orientación liberal, por cierto no muy específicamente doctrinaria (…)  La cultura poco densa en sus grupos dirigentes, tampoco daba para plantear conflictos ideológicos de mucha trascendencia”.

JAIME JARAMILLO URIBE, “Historia de Pereira” (1963)

A pesar de la llegada de estos profesionales, dadas las condiciones todavía adversas del medio, se sigue privilegiando el trabajo físico y se vituperan la vagancia y la pereza, es decir el ocio.  Las actividades intelectuales se permiten en ratos libres, en las escuelas o para amenizar reuniones sociales.  Hecho representativo de esta situación es que en los libros sobre historia de Pereira, de Carlos Echeverry Uribe y Ricardo Sánchez Arenas, se dedican capítulos específicos a la imprenta y a los periódicos, pero no a la existencia de bibliotecas personales o públicas, y mucho menos a las librerías.  Durante la primera y segunda década del siglo XX, quizás la primera biblioteca de la que se tenga noticia sea, precisamente, la Biblioteca Popular de Sánchez Hermanos, donde se alquilaban libros.  Y entre las primeras librerías se cuenta el Almacén de Alfonso Mejía Robledo, que en la década de los años veinte, entre una miscelánea de artículos, ofrecía libros importados.

En 1863, tras la aprobación, en Rionegro (Antioquia), de una nueva Constitución de Colombia, los Gobiernos liberales de la época contrataron misiones alemanas encargadas de reformar la educación, y crearon Escuelas Normales, para la formación de docentes, con un fuerte énfasis científico.  La educación dejaba de estar, por primera vez, exclusivamente en manos de la Iglesia Católica.  La gran mayoría de los institutores que llegaron a Pereira a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX habían sido educados en estas Escuela Normales, y algunos de ellos, como Benjamín Tejada Córdoba, predicaban teorías de avanzada que dieron gran impulso a la educación en la ciudad.  La literatura comenzó a figurar como un instrumento pedagógico indispensable, y el cultivo de las letras y el gusto por la lectura a plantearse como un atributo apreciable en “ciudadanos de bien”, y como una magnífica ocupación para las mujeres, en sus ratos libres.

“Tengamos en cuenta que en una población sin personal competente, infructuosos serán todos los esfuerzos para representarla.  Eduquemos las masas sociales con la lectura de obras instructivas y periódicos, en donde podamos hacerles conocer el mérito del alimento moral e intelectual de una sociedad, y mucho más cuando ésta está compuesta por matronas y señoritas de lo más respetable”

EL ESFUERZO, Pereira, Noviembre 9 de 1907, pág. 4

Para los habitantes de la Pereira de comienzos del siglo XX, la función social del escritor no era poner en cuestión el lenguaje, es decir la realidad, sino apaciguar los ánimos, invitar al cumplimiento cabal de los deberes patrióticos, exaltar el “terruño”, ocupar el tiempo libre de los jóvenes con obras “dignas de ser leídas”.  Su máxima responsabilidad consistía en contribuir a la cohesión social y a la moralización del pueblo en formación.

“Mejía Robledo es, además de un fuerte temperamento artístico, un hombre dinámico.  Publica novelas y poemas sin dejar de acometer por ello negocios audaces e iniciativas patrióticas.  Alguna vez debe haber pagado con fracasos económicos el delito de ver las cosas un poco más allá de la rutina; pero en él los tropiezos son abono para su entereza.
Actualmente se empeña en festejar el centenario del Libertador con una exposición nacional de industrias y arte que será un bello certamen de colombianismo.
Caracteres como éste son los llamados a colaborar con ahínco en la cruzada educacionista.  Es preciso convencernos de que el colombianismo no puede inculcarse a través del arte en un pueblo que no lee y lleva el lastre vergonzoso del analfabetismo.  El deber de todo literato que se sienta con bríos es volver los ojos a la escuela primaria, a la masa inculta, a la oligarquía infatuada e ignorante, y gritarles a todos que es preciso aprender a leer.  Después ya podremos darnos el lujo de escribir para que nos lean.
Los prestigios literarios de Colombia son hoy más conocidos por la repetición de sus nombres que por la propagación de sus obras”.

EL DIARIO, Pereira, 20 de diciembre de 1930

Alfonso Mejía Robledo


Diferentes establecimientos se disputaron, con su orientación pedagógica, la educación de los hijos de las familias influyentes, que serían los conductores de la ciudad en el futuro.  Pocos eran entonces los jóvenes internados en Manizales, o en otras ciudades.  La lucha por el predominio de una u otra orientación social, religiosa, económica y política para la ciudad, se libraba en las aulas de clase de los colegios y en los periódicos.

La primera imprenta llegó a la ciudad en 1904, un año antes de la creación del Departamento de Caldas, el 11 de abril de 1905.  La trajo el periodista Mariano Botero.  La existencia de una nueva élite alfabeta, representó para algunos grupos políticos una oportunidad para propagar sus ideas.  En consecuencia, a partir de la publicación de EL ESFUERZO, el 10 de septiembre de 1905, dirigido por el propio Emiliano Botero, se sucedieron y alternaron gran cantidad de publicaciones con la misma pretensión de abarcar temas como “literatura, intereses generales, crítica, variedades, avisos”, aun cuando en esencia, todas tenían claras intenciones políticas.  Sin embargo, para los pobladores de Pereira estos esfuerzos por consolidar órganos de difusión no parecía  resultar muy apreciables.  Es un común denominador en todas las publicaciones periódicas de Pereira, a lo largo del siglo XX, es la queja de sus artífices por la escasa importancia que la ciudad da a sus periódicos.  Muestra de ello son estos dos fragmentos escritos en diferentes épocas:

“Una población de 19.000 almas es un centro bastante considerable que necesita no solo un periódico sino varios que enteren a los vecinos de todo asunto que por importancia tanto local como departamental y nacional haga su lectura interesante.  Pero esto para dicho, nadie se posesiona de esta necesidad y por lo tanto no les importa las empresas periodísticas, las cuales son miradas con indiferencia y ni seles apoya, favoreciéndolas, siquiera invirtiendo dos pesos papel moneda cada ocho días, comprando un ejemplar de un periódico.  ¡Bien por Pereira!”

“El periodista y sus lectores”. LA PALABRA, Pereira, 16 de marzo de 1910, Pág. 1

A comienzos de la década de los años veinte, Pereira cuenta con tres imprentas para una población de aproximadamente cincuenta mil habitantes, lo cual es un indicio del interés por propagar ideas e incidir en la opinión de las gentes.  Predomina la ideología liberal, y en particular el pensamiento de Rafael Uribe Uribe, a quien se le rinde repetidamente homenaje, en todas las publicaciones, todos los años a partir de su asesinato, el 15 de octubre de 1914.  Las opiniones y las proclamas publicadas en la prensa pereirana, hasta los años sesenta, reflejan la pugna permanente entre lo antiguo y lo nuevo, entre el atraso y el progreso, entre la tradición y el degeneramiento de las costumbres, es decir, entre el anhelo por la vida la calmada de la aldea y el afán de progreso material del pueblo en constante crecimiento.

La literatura hace eco y se pierde en estas pugnas, pues son sus mismos cultores los prohombres y los defensores de una u otra concepción.  Todos la usan como instrumento de propaganda, y es por eso que en esa época proliferan los poemas y los escritos se evocan el amor por la ciudad, el patriotismo, la tradición y la religión, como elementos identitarios.  La crítica es entendida, en unos como oposición al progreso, y en otros como un atentado contra la moral.

Del contraste surge, no obstante, una característica común a toda la prensa, incluso la “disidente”, y es su afán por contribuir a la formación de un sentido de pertenencia, a crear fundamentos para la cohesión social.  Los periodistas vigilan, llaman la atención, demandan acciones, tanto de los gobernantes como de la ciudadanía.  Imponen el adelanto material como un deseo colectivo.  Los problemas sociales son presentados como hechos aislados, que no tienen mayor trascendencia que la de interrumpir “la paz” del pueblo en formación.  Difícilmente se advierte en los escritos literarios publicados en las páginas literarias de los periódicos, una referencia a conflictos sociales en la ciudad.  Predomina la idea de no sumarle a la sociedad pereirana más angustias a la de tener que resolver el rumbo y mantener el ritmo del progreso de la ciudad.

“Este progreso (el de Pereira) es debido a que estos bravos de cepa antioqueña, de corazón de granito han agotado sus fuerzas para que nos unamos todos al pie de la bandera del progreso y la despleguemos siempre en alto.
La palabra progreso en su significación moral y material debe estar grabada con cifras de oro y como símbolo de nuestros ideales en todas las almas pereiranas; que esa bandera no se abata con nuestra inercia.  Los pereiranos tenemos la obligación sagrada de luchar hasta el último momento por el progreso de nuestra querida ciudad, y la juventud como una ola de sangre nueva debe ir remplazando a esa noble generación de viejos luchadores que tan honroso ejemplo nos han dado y nos dan constantemente.
No es hora de dormir, ya que el letargo mata con el microbio de la pereza intelectual y física: la topografía y la situación de Pereira y la feracidad de su suelo no tienen rival; tenemos pues donde desplegar el ideal de la belleza urbana.  La Junta de Ornato haría bien en iniciar a la juventud con conferencias sobre el amor al Pereira futuro; con eso esa juventud cuando le toque puede responder de su actuación”.

“OTRO PASO”, Tomado de GLÓBULO ROJO, Pereira, 12 de Mayo de 1917, Pág. 1

Definir como propósito común de la ciudad el progreso material, a toda costa, fue uno de los máximos logros de la sociedad pereirana de las primeras décadas del siglo XX.  Independientemente de la orientación política y la procedencia, quienes se asentaban en la ciudad asumían como propia esta premisa.  El esfuerzo era el precio y el premio la riqueza.  Este espíritu alcanzó su máxima expresión en el civismo, que conjugó el orgullo y el anhelo de prosperidad de los pereiranos, para concebir y realizar obras que llamaron la atención del país, no solamente por su dimensión sino también por la rapidez con la que se sucedieron, sin la ayuda de los gobiernos nacional y departamental.

En este contexto, la literatura es concebida como decorado, útil en tanto educa y entretiene a los ciudadanos en sus horas de descanso y exalta los avances de la “ciudad prodigio”.  Entre las numerosas gestas cívicas de Pereira, es difícil verificar alguna encaminada a crear un proyecto cultural para la formación, la difusión y la promoción de obras artísticas y literarias que destacaran la ciudad en el contexto nacional e internacional. 

Este desinterés de la sociedad pereirana por sus escritores, y el divorcio de éstos con sus potenciales lectores, pueden servir para explicar por qué en diferentes épocas, es reiterada la crítica acerca de la mala calidad de las obras literarias en Pereira.  Muestra de lo anterior es la siguiente selección de textos:

 “Tengo que manifestarte que en Pereira no existieron jamás ni prosistas, ni poetas, ni periodistas y menos figuras que hayan influenciado el aspecto intelectual de Pereira.  En ella vivieron, hace muchos años por ejemplo: el médico Eduardo Duque (médico que dizque hacía versos, sin que haya quedado nada de él.  Don Julio Cano Montoya (dentista) único que publicó un librito de versos titulado “Brotes de Rebelión y voces sumisas”(…) Verás que nada en ellos tiene algo especial, novedoso en la época, ni suficiente para influenciar a alguien.
Don Eduardo Martínez Villegas (otro dentista) versos comunes y corrientes en la época, pero también sin propiedad especial o promotora de influencia.
Esos fueron, pues, los poetas.  Es decir, nada que te sirva.

CARTA DE LUIS CARLOS GONZÁLEZ MEJÍA A JAIME JARAMILLO URIBE (29 de Mayo de 1963)
Luis Carlos González Mejía

Esta constante negación de la existencia de una producción literaria de valor es un aspecto del discurso literario en Pereira que merece mayor atención en el futuro, pues si es justificada, demuestra la incapacidad de los creadores literarios para superar los condicionantes que impiden que sus obras trasciendan el ámbito de la provincia; y si no, es la comprobación de que existe un prejuicio alrededor de estas producciones, que evita que se las valore en su real dimensión.  En cualquier caso, es necesario emprender la revisión crítica de la literatura escrita en la ciudad, y por quienes nacieron en ella.  Y para iniciar, es necesario llegar a un acuerdo, precisamente, en este último aspecto: ¿Basta para ser escritor pereirano haber nacido en la ciudad?  ¿Es escritor pereirano quien nació y escribió en la ciudad?  ¿Pueden considerarse escritores pereiranos quienes no nacieron en la ciudad, pero escribieron sus obras en ella?

Sorprende comprobar que a lo largo del siglo XX, y aún en el presente, una gran cantidad de escritores catalogados como pereiranos, provienen realmente de otros municipios, pero que llegaron a la ciudad en su niñez o su juventud.  Tal es el caso de Carlos Echeverri Uribe, Alfonso Mejía Robledo, Oscar Echeverry Mejía, Gustavo Colorado, César Valencia Solanilla y Rigoberto Gil Montoya.  En contraste, existe una gran cantidad de escritores nacidos en Pereira que emigraron muy jóvenes, sin intenciones de regresar algún día, como Alba Lucía Ángel y Jaime Valencia Villa, quienes han publicado sus obras lejos del ámbito local.  Este reconocimiento de lo que consideramos literatura de Pereira será útil en la definición de un canon, y si se quiere, de una tradición.  También se debe construir y afirmar un discurso crítico propio, es decir capaz de valorar la producción literaria local en relación con su realidad, no tratando de elucubrar acerca de lo que hubiera sido en caso de tomar otros rumbos. 

Podrá hablarse de una literatura pereirana solamente cuando la ciudad identifique, recupere, difunda, promocione y siga a uno o a varios autores, no solamente por su capacidad para describir la vida cotidiana, sino también por lo que pueda decir a personas con otros referentes culturales sobre lo que ha sido el proceso de formación de la sociedad pereirana.  Podrá hablarse de literatura pereirana cuando los escritores de otras latitudes quieran leer a los autores pereiranos, quieran escribir como ellos y dediquen páginas al estudio de sus obras.  Mientras tanto, seguiremos teniendo escritores.


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