Este blog tiene como propósito compartir opiniones sobre temas relacionados con la literatura, en especial relacionados con el contexto literario de Pereira. Surge del proyecto "PANORAMA DE LA CRÍTICA SOBRE LITERATURA EN PEREIRA”, ganador en la Convocatoria de Estímulos del Instituto Municipal de Cultura y Fomento al Turismo 2012. Autor: Mauricio Ramírez Gómez
viernes, 14 de septiembre de 2018
martes, 6 de enero de 2015
El pálido, un relato de Lisímaco Salazar Ruiz
Entre los múltiples
escritos inéditos de Lisímaco Salazar Ruiz (Pereira, 1899-1981), se encontraba
una serie de relatos basados en hechos reales.
Sus familiares los agruparon y el libro resultó ganador del Concurso
Colección de Escritores Pereiranos, en la modalidad “Premio Publicación Obra Inédita de Autor Fallecido”. El libro ya
se encuentra en circulación, publicado por el Instituto Municipal de Cultura y Fomento al Turismo.
A continuación,
compartimos el relato “El pálido”, incluido en el libro en mención.
Trinidad, una morocha de cuarenta y dos años, se paseaba
por los alrededores del rancho de vara en la tierra, hundiendo su pierna
derecha a consecuencia de una úlcera en la garganta del pie que le afectó los
cartílagos del carpo, del metacarpo y de los dedos. Al cinto llevaba siempre una peinilla “tres
rayas” de veintidós pulgadas, sobre sus caderas con pertrechos y, en balanza,
en su mano derecha, la escopeta de fisto.
Buscaba el zorro que, a pleno día, se llevaba las aves de su gallinero,
avizorando por entre la platanera que se extendía alrededor de la sementera.
Trinidad era dueña también de una marranera, compuesta
por tres hembras de color negro y dos coloradas de una raza extranjera, a las
que, para cubrirlas, había comprado un verraco blanco en las ferias mensuales
de Cartago, al que bautizó con el nombre de “El Pálido”, desde el momento que
lo entró a la corraleja de las hembras.
A “El Pálido”, cuando una de las hembras entraba en
calor, Trinidad lo sacaba al patio y le ayudaba a cubrirla sucesivamente para
que el parto fuera fecundo. De esta
manera, cumplido el plazo, cada marrana tuvo su parto. Fueron en total cuarenta y siete lechones,
pintados de negro y blanco, blanco y colorado, resaltando como una flor de
varios colores en las esquinas de la corraleja o debajo de los ranchos de
palmicha que les habían fabricado, ella, la Trina, como le llamaban en el
contorno, y su compañero Felipe.
Don Felipe y Trinidad vivían en un pueblo lejano de
Antioquia, haciendo vida marital desde tiempo atrás. Ella era dueña de una pequeña fortuna y él de
unos brazos musculosos que bien manejaban una “puya” de veinticuatro pulgadas
que un machete “Collins” para dominar la selva con sus árboles de varias
abarcaduras.
sábado, 29 de marzo de 2014
Un reportaje para el teatro pereirano
Socialización de los
resultados de la Beca de investigación: Reportaje de sala en la escena
pereirana 1925-1980, ganadora en la categoría de periodismo cultural, crónica y
reportaje, de la Segunda Convocatoria Estímulos 2013 del Instituto de Cultura y
Fomento al Turismo de Pereira
Por: Nathalia Gómez Raigosa
Preguntarnos
de dónde viene el teatro pereirano es el asunto que nos convoca hoy en este
auditorio, en el marco del Día Mundial del Teatro. Poco, por no decir nada se
sabe sobre el tema. Algunos más avezados se atreven a asegurar que las artes
escénicas en la ciudad no tienen historia, lo que según Fernando González
Cajiao: “siempre ha constituido el camino más fácil, hasta que alguien tenga la
paciencia de hurgar en los viejos manuscritos”.
La
historia del teatro en Pereira es muy antigua, casi tanto como su fundación,
pues al tiempo que en la ciudad se fueron irguiendo las primeras construcciones
de dos pisos con múltiples propósitos: habitacionales, gubernamentales,
bancarios, clericales, hospitalarios, comerciales, empezaron a nacer planteles
educativos y sitios de esparcimiento como parques, clubes y teatros.
Asnoraldo
Avellaneda Aguilar, un pereirano raizal, que nació en la villa Pereira del
empedrado y la cabalgadura, atestiguó en unas crónicas amenas, que remontan
vivencias ocurridas entre 1885 y 1902, lo trascendental que fue para sus
coterráneos, la construcción del primer teatro casero.
Como en la
actualidad, constituía una, quizá la mejor diversión de la época, el teatro. Le
tocó ser a Ernesto Mogollón el iniciador de este arte en Pereira; era persona
correctísima, natural de Bogotá, lo instaló en una casa pajiza, situada en la
carrera 8 calles 18 y 19, donde más tarde fue el Teatro Caldas, y servía a la
vez de Gallera, pues la pista la adaptaba como escenario.
Uno de los
primeros espectáculos que se presentaron allí, fue la compañía de acróbatas de
Lara y Maltaner, espalo (sic) e Italiano respectivamente, que traían como
barítonos famosos el español Larrañaga y el argentino Quezada[1]
En su cuadro
de costumbres, el cronista Avellaneda, continúa refiriéndose a las actividades
que se llevaban a cabo en el improvisado teatro de Don Ernesto Mogollón, donde
se ofrecían todos los espectáculos que llegaban a la aldea.
Después hizo
su debut el espectáculo circeneo cuyo empresario era el señor Salvini
(italiano), que traía como el fuerte de su compañía, un grupo de animales
amaestrados que él consideraba sabios. Todo su equipo e instalaciones fue
traído a “Lomo de mula” (…) Ya con el correr del tiempo fueron desfilando
infinidad de artistas y compañías y así veremos cómo llegan la Cía de Opera
española del maestro Luque[2],
el primer presdigitador argentino, el profesor Soria y la de marionetas
(títeres) del Gran Arlequín (Italiana) famosa por sus hermosos decorados.
El primer
circo de toros fue allí mismo, pero con anterioridad ya la casa había sido
adaptada y acondicionada para el acto.[3]
El prosista
Avellaneda argumenta que el teatro del señor Mogollón sirvió además como primer
zoológico, pues allí exhibía un hermoso tigre que alimentaban con los gallos
muertos en las riñas. Es así como finaliza explicando que era “su casa teatro,
gallinero, circo, zoológico”, pues en ese tiempo, el teatro albergaba todo tipo
de espectáculos comerciales, donde acudía el público pereirano sediento de
conocer el mundo a través de los artistas trashumantes y de sorprenderse con
las luces, la música y los artificios presentes en la escena.
![]() |
| Teresa Restrepo en "Fuego Extraño" |
Era ese
patio polvoriento que como por arte de magia se convertía en teatro, un lugar
maravilloso que conectaba la aldea con el exterior, por medio de ornamentos
exóticos, música de lugares lejanos, vestimentas coloridas, estilos
cautivadores, de extranjeros con diferentes acentos y colores de piel. Visitar
estos escenarios artesanales, significaba para el pereirano toda una aventura,
muy similar a la narrada en Cien años de
soledad, cuando José Arcadio Buendía llevó a sus hijos a conocer los
misterios del mundo bajo una carpa gitana. En un periodo incipiente, cuando las
cosas parecían tan nuevas, apenas saliendo del cascarón, en un villorrio con
ansias infantiles de volverse grande.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Por los senderos del guapo
Prólogo al libro "Pedacitos de historia, de Lisímaco Salazar
El 24 de agosto de 1863, cuando
los caucanos al mando del presbítero Remigio Antonio Cañarte arribaron a
Pereira provenientes de Cartago, encontraron en este territorio algunos
asentamientos de personas dedicadas fundamentalmente a actividades
agrícolas. Se vivía en un aislamiento
roto solamente por las noticias de los viajeros que informaban sobre las
guerras y los cambios en el país y en el mundo.
El entretenimiento no iba más allá de las largas conversaciones, luego
de las labores cotidianas:
“Las dificultades en las tareas diarias en la
lucha contra la selva culminaban hacia las cinco de la tarde cuando los hombres
adultos suspenden el trabajo y regresan al rancho.
Pero a las siete de la noche, después de
“arreglar cocina”, toda la familia se reunía alrededor del fogón y en este
agradable ambiente los adultos narraban sus experiencias (…)
Las tertulias nocturnas alrededor del fogón
permitieron la creación de mitos, leyendas, fábulas y espantos los cuales
surgieron de hechos reales pero aparecían envueltos con el ropaje de la
fantasía popular. (…)
Los cuentos del proceso de colonización se caracterizaban
porque eran narrados por adultos para adultos, aunque los niños también eran
tenidos en cuenta. (…) O sea que aquí se
enriqueció el cuento llevado posteriormente a la literatura. (…)
Cuando se desarrollaron las fuerzas
productivas y aparecieron la arriería, la posada, la fonda y la aldea se hizo
más compleja la vida social, y de la simple reunión familiar se pasó a formas
más sistemáticas de entretenimiento.
Hicieron sus aparición el juego de tute, de dados, la riña de gallos y
los ritos religiosos programados por el sacerdote”.[1]
Después de la fundación de
“Cartago Viejo”, el 30 de agosto de ese año, al naciente poblado llegaron
nuevas oleadas de colonizadores antioqueños, muchos de los cuales establecieron
en esta villa sus bastiones para explotar otras tierras. Tras ellos llegaron los comerciantes y luego
los maestros, los abogados, los ingenieros, los médicos y otros profesionales
que introdujeron nuevos intereses, nuevas preocupaciones y nuevos modos de
vida.
“Teniendo el grupo una cierta homogeneidad
racial, pues en su abrumadora mayoría estaba compuesto de colonos y mestizos, y
no habiendo población negra o indígena, las primeras diferenciaciones sociales
empezaron a existir sobre la base del patrimonio, del dinero.
La llegada a la ciudad de un grupo de
comerciantes y profesionales, a fines de la pasada centuria (siglo XIX) y
comienzos de la presente (siglo XX), introdujo la educación como un nuevo
motivo de diferenciación social.
El grupo dirigente compuesto por propietarios
rurales, comerciantes y profesionales venidos la mayor parte de Antioquia,
tenía una dominante orientación liberal, por cierto no muy específicamente
doctrinaria (…) La cultura poco densa en
sus grupos dirigentes, tampoco daba para plantear conflictos ideológicos de
mucha trascendencia”.[2]
A comienzos del siglo XX, a pesar
de la llegada de hombres mejor formados intelectualmente y dadas las
condiciones todavía adversas del medio, los habitantes de Pereira seguían
privilegiando el trabajo físico y vituperaban la vagancia y la pereza, es decir
el ocio. Las actividades intelectuales
eran bien vistas en las escuelas o cuando tenían como propósito entretener o
amenizar reuniones sociales. La lectura
era un privilegio de algunos pocos que sabían leer y escribir, que podían y
tenían el tiempo de acceder a los libros.
Existían pocas bibliotecas personales, por lo cual la mayoría los
alquilaba donde don Clotario Sánchez, dueño de una considerable colección que
puso a disposición de los habitantes del poblado en su casa ubicada en la Plaza
principal. Los de mayor interés o mayor
poder adquisitivo, se dirigían a comprar a almacenes como los de Alfonso Mejía
Robledo o Jesús Paneso, que entre una miscelánea de artículos, ofrecían algunas
novedades literarias.
La existencia de una nueva élite
alfabeta, trajo como consecuencia natural el interés de los diferentes grupos
políticos por propagar sus propias ideas.
Tanto el partido conservador como los liberales y los republicanos se
procuraron sus propias imprentas. La
primera la trasladó desde Manizales a Pereira el periodista Mariano Botero, en
1904, un año antes de la creación del Departamento de Caldas. Se sucedieron, en consecuencia, gran cantidad
de periódicos con la misma pretensión de abarcar temas como “literatura, intereses
generales, crítica, variedades, avisos”, aun cuando en esencia, todos tuvieran
exclusivas intenciones políticas.
Los pioneros del periodismo y la
literatura en Pereira, la mayoría provenientes de otras latitudes, traían
consigo una formación esencialmente romántica, expresada en la influencia de
autores como Víctor Hugo, Alphonse de Lamartine y Théophile Gautier, entre los
franceses, y José de Espronceda y José Zorrilla, entre los españoles. Gustaban de los poemas y los escritos que
evocaran el amor por la ciudad, el patriotismo, la familia, la tradición y la
religión. Difícilmente se advierte en
ellos una referencia a conflictos sociales o se recurre a descripciones del
paisaje propio de la región. Entre ellos
se encuentran Julio Cano Montoya, Eduardo Martínez Villegas y Manuel Felipe
Calle. Para este grupo de escritores,
las montañas, los guaduales, el pueblo en formación y sus habitantes no
constituían escenarios y ambientes dignos de inspirar gran literatura:
“No puede negarse que nuestro ambiente es
impropicio para el desarrollo sentimental y el gusto estético del poeta. La carencia de paisajes, el mercantilismo
exagerado, las dificultades para efectuar los cuotidianos paseos con los que se
renuevan las perspectivas y el espíritu se amplía e indispensables para
aquellos que beben de la Naturaleza, a grandes sorbos, el alimento de la
fantasía como al torrental, el agua pura bebe el sediento caminante: el poeta,
ese caminante del ideal, el bohemio de un país desconocido que dijera Jorge Mateus,
bebe con delirio en los rojos crepúsculos, en las aguas serenas, en el silencio
de la media noche y en el ritmo de toda naturaleza el licor vivificante que le
da vida a sus ilusionadas ensoñaciones”.[3]
A estos pioneros les sucedió un
grupo que conserva rasgos del romanticismo, pero explora nuevas fuentes como el
costumbrismo y el modernismo. El rasgo
esencial de esa generación fue su interés por describir en lenguaje vernáculo,
la tierra, los sucesos, los personajes y las preocupaciones o despreocupaciones
del pueblo que ansiaba convertirse en ciudad.
Literatura de caminos recorridos a lomo de mula por arrieros
hiperbólicos y de pueblos enamorados de su propio progreso. Nacidos en su mayoría en Pereira, estos
jóvenes provenían en su mayoría de hogares de pequeños comerciantes o
agricultores sin abolengo, con el capital suficiente apenas para educar
dignamente a sus hijos.
Cuando esta generación hizo su
aparición en el panorama literario de Pereira, a finales de la década de 1920,
no fue bien recibida en la ciudad, que percibió a sus integrantes como
destructores de una belleza heredada:
“El
derrumbamiento total de nuestra cultura literaria, provocado con la muerte de
Julio Cano y Eduardo Martínez, dio paso al verso rústico y gastado que dormía
el sueño de la nada en los bufetes de los copleros. Estamos de capa caída y la literatura se desperfecciona
cada día más como en aquellos tiempos en que escribía Luchini el bohemio y
Enrique Paneso el desgarbado sonetista que actualmente es un cero en los
recovecos de Calarcá. Nada más
desconcertante que este avance melancólico de la producción bizantina que nos
pueden ofrecer un comerciante de camiones, un modesto mecánico y un agricultor
curtido al sol meridional de los trópicos en los cafetales de Huertas.
La necia
vanidad de algunos residuos sociales los hace soñar con la gloria como si fuera
tan fácil conquistarla. Y no pasarán de
ser escritorzuelos puramente locales de una casta preagónica y anormal que se
atormenta inútilmente ante el paso de la generación que triunfa; es
desconsolador que medios como el nuestro de una sociedad preparada para la
actividad literaria más intensa y brillante, se hallen dominados por cuatro o
cinco temperamentos grotescos que viven en una orgía de vanidades”.[1]
domingo, 9 de junio de 2013
Presentación de Anónimos, de Alan González. Obra Ganadora de la versión veintinueve del Concurso Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira
Por Susana Henao Montoya
En primer lugar quiero expresar mi
sentimiento de alegría por poder participar de esta fiesta de la palabra y por
eso doy las gracias al Instituto de Cultura y las autoridades pereiranas, por
asumir esta tarea de impulsar con decisión la literatura de la región.
Cuando Alan me pidió presentar su novela
me sentí absolutamente cómoda a la vez que honrada por la confianza depositada
en mí para hablar con ustedes acerca de ella. No conozco a Alan de manera muy cercana,
pero de cierta manera sé quién es, pues lo encuentro siempre en escenarios
poéticos, en tareas editoriales y adivino en su mirada la fiebre literaria que,
creo, debe acompañar a un escritor. Transita por la poesía, el teatro, la
narrativa y el ensayo, pero me parece reconocer su alma de poeta en su
capacidad para crear imágenes vívidas, tanto si su intención es conmovernos
como horrorizarnos.
Situada en la tradición vanguardista de
la novela latinoamericana, ANÓNIMOS es una novela contemporánea que hace
palpable la presencia de las palabras
porque el lenguaje no pasa desapercibido en la ficción, no se transparenta como
en los discursos cotidianos, sino que adquiere un aura encandilada, que
necesita la complicidad del lector para completar el sentido, para entender la
disposición de la trama que apenas está esbozada. Un metarrelato hecho de
fragmentos en los que aparecen un Él y una Ella hechos de trozos sustantivos y
adjetivos más que de carne y hueso. Una novela que es un diario, un cuaderno de
notas, un esbozo de escritura, un borrador desde el cual se trazan las
vivencias de unos personajes que no intentan ser personas, que no tienen
nombre, dos anónimos que pueden ser habitantes cualesquiera de la ciudad. Un Él
y un Ella que parecen nacer del poema de Nicolás Suescún con el que se abre el
texto.
Creo que es sólo esta trama de creación,
trama sobre el trabajo mismo de la escritura lo único que une los distintos
episodios de la novela, pero que sin embargo como técnica posee un gran poder
expresivo: el poder de soslayar la historia pasada de los personajes, para que
los fragmentos de memoria basten para comprender de qué se trata el drama de
las vidas plasmadas en el texto. Nacer del poema es nacer ya hecho, sin
posibilidad de cambiar el destino, sin posibilidad de pertenecerse, sin
posibilidad de construir un yo humanizado porque el poema del que se nace es
desgarrado. El poema que da nacimiento a la novela y a él; habla de un ser de
otro mundo, inocente y leve que no encuentra lugar, extraviado en el andar, y
en el sentimiento, errante en los distintos escenarios a la vez agresivos y
seductores de la ciudad.
Ya otras novelas nos han planteado este
problema del personaje a medio camino
entre la mente del autor y la vida cotidiana. Recuerdo LA HORA DE LA
ESTRELLA de Clarice Lispector y de cómo en las primeras páginas emerge un
personaje que nace de la imaginación contaminada de recuerdos literarios y
fragmentos de memoria de la autora. En esta novela vemos la transfiguración de
Clarice mientras va dejando que su personaje se apodere de ella y hable y sienta
a través suyo. También en ANÓNIMOS el personaje se sobrepone al autor desde el
comienzo, y las palabras salen de la cotidianidad prosaica para hacernos entrar
en el mundo pavoroso y mágico de la noche en las orillas de las ciudades.
Un aire de pesadilla sostiene la
respiración de estas criaturas separadas de la naturaleza, deshumanizadas por
la pobreza, la violencia, la drogadicción, la locura, la soledad, el simulacro
social, el sexo sin deseo, toda la lista de lo que enajena el espíritu humano
en esta y muchas otras ciudades del planeta. La emoción está ahí, también el
sentimiento, pero paradójicamente fluyen de manera maquinizada porque tanto el
cuerpo como la mente se han deformado al contacto con la dureza del concreto en
la ciudad. Sobre todo la mente porque ella le declara la guerra al orden
establecido y las necesidades del cuerpo pasan a ser las únicas que se
resuelven en el sopor del andar entre los laberintos urbanos.
Como también la ciudad toma relevancia
insoslayable en el texto, no podría dejar de señalar lo siguiente: Ya la
escritura risaraldense había pasado por la creación de las imágenes de ciudad
heroica, ciudad cívica, ciudad laberíntica, ciudad inocente, pero ahora una y
otra vez comienza a aparecer una literatura que reconstruye la realidad de sus
orillas, la realidad de una ciudad lobo, escuela y guarida de seres que no se
pertenecen, porque la ciudad es como una herida en la naturaleza que no acaba
de sanar. En palabras del autor:
“Levanto la mirada y veo las montañas,
veo esos volcanes del invierno perderse en el dilatado horizonte de capas de
niebla, tienes que dejan a su paso grumos de vapor; acuarela azul clara desde
un extremo; al dar media vuelta las cordilleras de luto, y la ciudad toda ella
ruge en su vago lamento geométrico; el musgo, los árboles: el tapiz de un velo
de sombras ondeantes que rodeaban la áspera cicatriz cementosa, palpitante de
alarmas y luces….y prisa….”
Quizá haya quienes sientan estas
visiones como una traición. Pero por fortuna la mayoría de los lectores reclaman
otras imágenes de la ciudad. Ya no se perciben a sí mismos como provincianos
para quienes la literatura operaba como el folklor, como un instrumento de
exaltación al orden establecido o como remembranza de tiempos más gloriosos o
tal vez no más gloriosos sino sólo más doctrinarios. Estos nuevos lectores
buscan el resquicio, la fractura, la grieta por donde el alma humana grita para
decir, con palabras nuevas, los antiguos murmullos de la deshumanización. Y
aquí, la novela de Alan se acomoda bastante bien. Sorprende por su agilidad, la
renovación en las figuras literarias, sinestesias, metáforas y formas de la
ironía (meiosis) que le imprimen sello nuevo al tema clásico del hombre
enajenado. También llama mi atención el hecho de que un autor tan joven pueda interactuar
con tanta solvencia con imágenes plásticas no sólo construidas a partir de su
propia audacia con el uso del vocabulario, de cierta fidelidad a la música del
sonido antes que a la llamada del significado.
La intertextualidad con obras de arte de
pintores cuya obra nos han dejado atisbar a través de la puerta del infierno
como Goya, el Bosco, refuerzan la idea de que las palabras aquí remiten a su
naturaleza plástica más que a sus significados tradicionales y por eso no
buscan echar un salvavidas a los personajes para que puedan llegar a
pertenecerse, sino que las palabras están al servicio de una técnica inscrita
en la tradición del horror. Palabras del cuerpo, del dolor, de las cadenas.
Es pues un libro audaz, que acerca temas
y técnicas a los lectores jóvenes de nuestra ciudad, no sólo por el alto grado
de autoconciencia escritural, sino porque se convierte en la invitación a la
renovación de los lenguajes literarios, el abandono definitivo del candor romántico
de las literaturas más tradicionales para entrar definitivamente en la era en
la que como dice Paul Auster: el lenguaje no es el equivalente a la verdad; es
nuestro modo de existir en el mundo.
*Este texto ha sido cedido por el autor de ANÓNIMOS, Alan González Salazar, autorizado a su vez por la profesora Susana Henao Montoya
lunes, 20 de mayo de 2013
La poesía de Lisímaco Salazar
Lisímaco Salazar nació en Pereira, 1898 y esta ciudad dejó de existir en 1981. Contemporáneo de Luis Carlos González, los unió además de la poesía, una amistad entrañable, plasmada en cartas que permanecen inéditas.
Poeta, sindicalista y tipógrafo, Lisímaco dirigió en Pereira publicaciones como El Estro, Colombia Intelectual, Los Derechos y Bandera Roja. En ellas y en otras usó los seudónimos “Fedor” y “Fray Camilo”.
Sobre su único libro publicado, Senderos (Biblioteca de Autores Caldenses. Vol. 26.
Manizales: Imp. Departamental de Caldas, 1965), escribió Bernardo Trejos Arcila:
“Lisímaco
Salazar no ha hecho concesiones al grupo
imperante. Quizás por esto no ha sido ni
será un poeta de moda. Pero en cambio,
es honestamente sincero, y una bullente y varia sensibilidad discurre amplia y
desembarazada por esos poemas que, ora adoptan forma de endecha sentida o
confidente madrigal para cantar a la mujer amada, como en su colección de
sonetos; ora se colman de impávido arrojo para protestar contra la injusticia
social en “Miseria”; o aflora en ellos, de improviso, cierta fina socarronería,
como en algunos de sus Romances; y hasta la bohemia romántica de antaño tiene
su muestra en “Con arrestos de Guapo”.
Ofrecemos a continuación una muestra poética de Lisímaco Salazar:
INVOCACIÓN
AL DERECHO
No
es ciudadano, ni feliz, ni bueno,
y
vive de congojas y de tedio,
el
que deja las lindes de su predio
para
meterse en el cercado ajeno.
El
que cree que su vida lleva en pleno
por
este triste y miserable medio,
es
alguien que no tiene ya remedio;
es
áspid que inocula su veneno.
Distingamos
el PROPIO, el NUETSRO, el MIO
del
DE AQUEL, del AJENO y sin desvío
ya
podemos decir en el camino,
Como
dijo el filósofo altanero:
aquí
acaba el perfil de mi lindero
y
aquí empieza el lindero del vecino.
EL
TULIPÁN
Cerca
al despacho donde yo trabajo
existe
un tulipán de hojas escuetas,
que
por tiempos es rico de macetas
y
por tiempos es pobre hasta de un gajo.
Este
árbol viejo, sin querer, me trajo,
en
el camino de mi vida, inquietas
recordaciones,
que, cual mil saetas,
se
llegan al dolor mísero y bajo.
Como
este tulipán, tuve frondosas
hojas
y flores que, rodando airosas
llevóse
el viento en su infinito anhelo.
Mas
hoy, árbol senil, sin flores rojas,
sólo
soy un chamizo ya sin hojas,
buscando
a Dios en la mitad del cielo.
LUCRECIA
Mientras
Aura, mi mujer
limpiaba
el rostro a la casa.
Mientras
mi madre le hacía
le
hacía la permanente a las camas,
iba
yo hasta la cocina
con
un sigilo que pasma
y
le tocaba a Lucrecia
sus
dos formas camufladas.
Lucrecia
fue la sirvienta
más
buena que hubo en mi casa.
Lucrecia
se fue doblando
como
un junquillo en el agua,
porque
la pobre Lucrecia
nació
en laguna de plata;
Por
eso es que sus raíces
tienen
el color del nácar
y
por eso es que su tallos
los
dobla el viento pirata.
Pero
una tarde – recuerdo-
vi
que Lucrecia lloraba
con
un dolor que era pena,
con
una pena que era alma.
A
la mañana siguiente
el
silencio era su cama;
el
fogón un hemisitiquip
sin
una sola palabra.
Sobre
un estante ya viejo
las
hortalizas cansadas,
mirando
hacia todas partes,
por
Lucrecia preguntaban.
Ni
mi mujer, ni mi madre,
ni
persona de la casa
pudo,
en aquella emergencia,
pronunciar
una palabra.
El
tiempo que es un verdugo,
el
dolor que es un pirata
y,
en fin, la casualidad,
una
paloma sin alas,
me
pusieron una tarde
frente
a frente a la mucama
a
quien toqué en tiempos idos
sus
dos formas camufladas.
Lucrecia
no era ni sombra
de
la fámula de la casa.
Era
como un hemistiquio
sin
una sola palabra.
Como
Dios, hizo la vida
y
en su vientre la llevaba.
Lucrecia
fue la sirvienta
más
buena que hubo en mi casa
CON
ARRESTOS DE GUAPO
(Fragmento)
Con
arrestos de guapo, vocación de pirata,
cabalgué
los corceles de la tierra moruna
y
reté muchas veces a la pálida Luna
a
embestir a la Tierra con sus cuernos de plata.
Trepé
lomas enormes, crucé inmensos caminos,
me
posé sobre cerros que el destino me irroga;
cual
vaquero del mundo le abrí guasque a mi soga,
y
enlacé los picachos de los cerros vecinos.
Y
fui Dios. Creé vidas con mis locos placeres,
a
pesar de mi forma incomplexa y enferma.
Si
millones de óvulos recibiesen mi esperma,
crearía
en el mundo sextillones de seres.
Pereirano,
poeta, bebedor, vagabundo,
arranqué
de la vida, sin saber, varios quistes.
Me
burlé de los ríos por pequeños y tristes
ante
el piélago inmenso de los mares del mundo.
sábado, 6 de abril de 2013
LA POESÍA DE JULIO CANO MONTOYA
Autor de la letra del “Himno de Pereira”, con música del
Maestro Luis A. Calvo. Falleció en
Pereira el 16 de diciembre de 1929.
De su libro de poesía “Brotes de Rebelión y voces sumisas”
(1917), impreso en Pereira en la Tipografía Nariño, no se halla copia en
Pereira y sus inéditos desaparecieron de las manos de sus herederos.
Julio Cano fue considerado el poeta más importante de
Pereira durante la primera mitad del siglo XX y fue olvidado paulatinamente, a medida que brilló cada vez más con luz
propia Luis Carlos González Mejía.
Ofrecemos una breve muestra de la poesía de Julio Cano
Montoya.
SÍMBOLO
Es un ciprés mi corazón, y tristes
Aquí en su cementerio,
Cubre su sombra multitud de tumbas,
Con multitud de muertos.
El viejo enterrador del camposanto
De mi alma es el tiempo;
Y él es quien a la sombra de esas ramas
Sepulta mis afectos.
Todas mis ilusiones y mis dichas
Ha tiempo que murieron,
Y a todas las abriga cariñoso
El ciprés de mi pecho.
Él seguirá guardando entristecido
Sus venerables restos,
Y regando sus hojas como lloro
Sobre sepulcros yertos.
¡Mas, como al fin, por el dolor vencido,
Irá su tronco al suelo,
Sus ramas, como cruces en las tumbas,
Pondrá el sepulturero!
EL GALLINAZO
Su baja condición sin pretensiones,
No le impide volar en una altura
Donde su pobre vida esté segura
De todas las humanas agresiones.
Y, desde allá lanzar sus deyecciones
-para consolación de su amargura-
Sobre la microscópica figura
De los que abajo, usamos pantalones.
Pero él, el gallinazo, no es un necio;
Y mientras se le mira con despreio
Cuando baja a la tierra; inteligente
Inspector del aseo, sin reposo,
-de su misión higiénica celoso-
Limpia las inmundicias, diariamente
NUPCIAL
Barre la noche con materno instinto
Los lívidos celajes postrimeros,
Y en la desolación de los potreros
Tiende su manto de negruras tinto.
Luego, al través del lóbrego recinto,
El cielo acribillado de luceros,
Con brochazos de luz, en los esteros
Borda un maravilloso laberinto.
Solloza el agua, convulsivamente,
Con los húmedos besos del ambiente
Saturados de voluptuosidad…
Y sobre sus idílicos amores,
Vibra un epitalamio de fulgores
En las pupilas de la inmensidad.
PAVESAS
Al hacerle la autopsia los doctores,
Queriendo averiguar de qué había muerto,
El pobre loco aquél, tan conocido
De
todos en el pueblo;
Hallaron en el sitio, en que debiera
Estar el corazón, un trozo negro
De una materia blanda, que aún olía
A
carne puesta al fuego.
Con esta rara novedad, quedaron
Los eminentes médicos, perplejs,
Y casi habían perdido la esperanza
De aclarar el secreto
Cuando el doctor más joven, y por ende,
El más curioso observador, entre ellos,
Buscando en la cartera del difunto,
Les
revelo el misterio.
¡Allí guardaba escrita el desdichado,
Toda la historia de su amor primero,
La historia de un amor infortunado
De
lágrimas de duelo!
Pues, según constan allí, la ingrata aquella
Que extinguió la razón e su cerebro,
No hizo caso jamás de sus amores
Ni
le escuchó sus ruegos
…..
¡Y entonces fue el diagnóstico seguro;
Según unánime opinión entre ellos
Carbonizole el corazón, no hay duda,
Al loco aquel, de su pasión el fuego!
A PEREIRA
Con motivo de la llegada de la primera locomotora
Para don Valeriano Marulanda
Patria, de pie, mirando hacia la altura!
Que ya tocó a tus puertas el progreso:
Digno huésped que llega en tren expreso
A rendirle tributo a tu hermosura.
Con tu característica ternura,
De anhelo juvenil en un exceso,
Pon en la frente del viajero un beso
Que lo una a ti, con férrea ligadura.
Y que la avive el fuego de tus venas,
Y rompa para siempre las cadenas
Que te ligan al vil estancamiento
Del prejuicio vulgar; y, de la mano
Con el perinclito Progreso humano,
Vueles en pos de un libre advenimiento.
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